jueves, 29 de noviembre de 2012







Eric Pantoja.

A nadie he dejado siquiera una palabra en la memoria, a nadie esta pesadez de tumbo azul de luz océano, ni a ella una sonrisa por su presencia, ni un reproche por su magia.  Ni a ti las cenizas de mi entierro. Ni tu dejaras perdurar mi huella en tu camino, en el surco que trace con furia en tu vientre, en el fruto mil veces desgranado y tirado para hacerte eterna. Ni una gota más al mar inundara la sed con que me iré de mi tierra.


lunes, 4 de junio de 2012

lunes, 2 de enero de 2012

HISTORIA DE UN SOL EN OCCIDENTE

       Blanca en el cuarto de baño, recoge una pócima de hierbas que su Madre ha hecho para protegerla y  la diluye en el agua caliente de una tina.  Luego, al verter el agua de hierbas, olorosa a tibieza y resbalar desde el cabello como caricia hasta sus senos o haciendo diminutas ondas en su cuerpo, Blanca recuerda la lluvia del primer beso y los charcos de su regreso a casa, las historias de mar que el pescador llevaba a todas partes y la imagen de la cara mojada por cientos de tormentas. Las gotas recorren el mismo camino, por el vientre, por las caderas. Los recuerdos le muestran los labios de la noche -siempre los mismos labios- dibujando la sonrisa que desea probar. Y espera mientras el agua escurre por las piernas, por los pies, por el suelo, por la noche; cayendo gota a gota o haciendo olas concéntricas en el estanque de sus pensamientos.
        Una figura etérea la observa desde las sombras.
      -Espera que tu cuerpo aprenda a sobrevivir la sed que tendrá cuando lleguen los días de sol a tus labios; por lo menos hasta que pueda tocarte. He conocido las historias de los que murieron después de tu piel. Y tu madre se burla de otros tantos rumores que la lluvia trajo. Como el del pintor que se hechizó con tu mirada mientras tocabas tus contornos. Él rompió los lienzos y salió a llorar la impotencia de su ceguera. Tu voz jugaba con las palabras, acariciando la habitación, despreocupada del  tiempo, los colores, los pinceles y las lágrimas de un hombre más en la lista de tu madre. Pero el de la lástima es el pescador, que sin poderte tocar dejó el mar y vino a encontrar otro lugar donde ahogarse-
       -Te amo y lo digo aunque nunca puedas escucharme. Sé que eres sólo una fricción en la piel que te envuelve de magia, por eso tan pequeña, pero tan irresistible que no puedo detener el impulso de alargar la mano y tomar un beso de tu boca-
        Blanca entra en una habitación llena de pinceles y lienzos. Ahí se encuentra un hombre.         Blanca llegó llenando la transparencia con su perfume, contando las aventuras que encontró en la calle, pero sus palabras fueron a dar en unos oídos que sólo querían un gemido, un chasquido o un grito; palabras que pararon cuando él pasó por sus labios un beso y le contó al oído, la historia de un sol en occidente que todos los días ansía meterse al océano para apagar su fuego y no logra más que anegarse de ganas por volver a bañarse en el oleaje de Blanca. Ella cerró los ojos para sentir la lluvia con la historia del mar y el sueño de una red, un bote, una tormenta meciéndola, el viento hinchando su cabello, y las olas cada vez más altas. En la punta de una embarcación, retando el viento, se diluyo con la espera en los labios. Al abrir los ojos todavía alcanzó a sentir la lluvia escurriendo por sus mejillas, inventándole la idea de estar dormida y sola.
         Blanca entra en su dormitorio, es noche, la luz de la luna es lo único que ilumina.      Regresa a su cuarto, a olvidar el pelo de su último amante  como olvida los juegos que cambia por el bordado en aros o el despertar de sus senos. En la habitación, el vacío se ensancha en los cajones, los recipientes, el color de las paredes, la profundidad del techo. El espejo refleja la ventana y la trampa de ver sus ojos en un plano que se toca y se empaña. Ella se pierde en un rayo de luna, tentando la inmensidad de la soledad y el espacio cósmico que solo llena el aire que respira.
         La figura etérea la observa, esta vez más cerca, ella no alcanza a verla, pues esta acostada a punto de dormir.
        - Ya siento el olor de tu piel y el radiante movimiento de tu figura. Percibo el calor de tu lecho y la angustia por tocar tu boca siempre húmeda, el devenir de contradicciones que es tu tiempo. Pronuncio tu nombre en silencio para que sueñes y disfrutes del tacto como yo de tenerte enfrente. Quito las sabanas despacio y divago en la imagen de tus costas. Mis ojos son lengua recorriendo la sal de esa playa donde han escurrido tantas lágrimas sin que tus labios dejen de tener agua. Regreso a donde tu fuego sale como huracán inundándote. Quiero meterme en tus noches, una por una, acariciando las líneas de tu palma y regresar como el oleaje, con un nuevo perfume en el cuerpo. Penetro en tus caricias. Soy luz. Me posees como se toma un vaso con agua. Me aprietas, me rasguñas, me haces sangrar. Se estremece la cama, la puerta, las paredes, la ventana, el espejo, la luna, las sábanas en el piso, tus zapatos, y el viento sale a la ciudad diciendo que me has amado y no he muerto, porque sabe que de un fantasma sólo se tienen recuerdos-
      Blanca piensa que el amor se parece a la muerte, por eso se pone la ropa para meterse al día y sellar su corazón. Escoge la banqueta a la derecha. Camina con la mirada en el suelo. Sabe que la esperan y en que ventana la observan. Sube los escalones y frente al sol toca la puerta. Casi nadie le toma importancia, sino a su vestido de flores que vuela con el viento. Se abre la puerta y entra dejando fuera el perfume de su piel, mezclado con la mañana.

     Termina otro día como los pasados. La madre con la risa rebotando en el vientre le acaricia el pelo y el agua de hierbas escurre hasta el estanque. Los aros para costura caen de las manos y ruedan por el piso. Salen de la casa, brincan por las escaleras y siguen.  Ella los ve alejarse esperando alguna vez terminar de bordar el corazón que se quedó en el mero centro de la tela.

martes, 4 de enero de 2011

Quedarnos aquí

Eric Pantoja

Vivimos una ciudad en penumbras. Caminamos solos por sus calles. Solos los locales, solas las casas; abandonadas como ruinas de antología, como nosotros abandonamos la esperanza. Caminamos al lado de los otros pero vamos solos, bajo el sol o encerrados en los carros. Sordos de una sociedad que ya no grita, ciegos de una verdad que se nos oculta en la penumbra de las ciudades.
Somos una ciudad que se conforma. Trasgredimos las reglas y nos conformamos con la mordida, aguantamos la fila como pacientes del seguro, tememos reclamar el más simple derecho, nos hacemos los occisos frente a los occisos y nunca preguntamos.
Todavía creemos que las circunstancias son fortuitas, pero el miedo y la oscuridad son sus recursos, nos conformamos con tener trabajo. Queremos creer que el poder tiene el don de mando y nos conformamos con recibir el mandato. Pensamos que ellos son capaces y nosotros aplaudimos.
Y nos podemos quedar aquí esperando que ellos cambien y no cambian. Y nos quedamos aquí pensando que trabajar más duro nos hace más justos o salvos.
Y aplicamos la teoría del individualismo y creemos que Darwin justifica el egoísmo y que es natural pisarnos, empujarnos, madrearnos, burlarnos y entonces también que es justo separarnos como especies diferentes y de geografías disímbolas, sin ver que en lo único que nos diferenciamos es en el punto de vista.
Tú confórmate con lo que queda que ellos cosechan con la guadaña de la muerte. El camino está trazado. Pero el horizonte se devela al final del día.

martes, 6 de julio de 2010

Al rededor de la luz

Eric Pantoja

La velocidad automática. La luz automática. Llegas queriendo prender claridad y dejes el cariño por ahí para que se cubra de olvido. Ves la alacena tan llene de trastos y latas que mejor vas al refrigerador a sacar lo primero que encuentras. Llenas tu sed con un vaso de agua. Te sientas. La cuchare entra despacio en la boca y ensucie la blancura que cuidas en el cuerpo. ¿Qué irán a decir los vecinos por tu sonrisa? La oficina, el informe pendiente, el oficio al correo. El sabor a humo resbala con un trago por la garganta. Algún día esto y el pan remojado en el café no guardaran más nostalgia que el bilé que borras con la servilleta. Terminas y vas al baño a limpiar esa mirada que se pega en tu cuerpo estremeciéndote. Ya no es la mirada qua inventaste cuando el primer deseo éxito los rubores en tu piel. El aire que movías al caminar revolvía tu pelo a la hora en que el sol iluminaba de reojo tu falda. Aun lo esperes.

Los insectos giren el rededor del foco. Tienes sed. La luz se refleja en el agua que cae al lavabo. Ves como en una pantalla y en cámara lente tu ultimo beso en le boca. Mueves con un dedo el agua para borrar los reflejos. Destapas la coladera y se forma un torbellino. La espuma del Jabón se deshace en una tempestad que succiona tus vísceras llevándolas por un camino de soledad hasta el espejo.

Alguien te pedirá que los acompañes a los paseos, al concierto. Dejaras el fastidio y saldrás por compromiso. Quizá para ver sus ojos o sus hombros. Te acordaras de hoy, del espejo, del remolino; de que caminaste en un día de trajín, de ruido, de teclas, de tu suéter rosa. En algún lugar en un paseo, en el parque o en el cementerio el día de tu entierro recordaras que hoy encontraste pájaros como los que conociste cuando tu madre te llevó por primera vez al campo y a tu alrededor no veías fin. Preguntaste -hacia donde se camina desde ese punto- Señalaste en el cielo una parvada haciendo malabares. El día de tu muerte querrás verlos por última vez.

Hoy sentada en el parque, te dieron ganas de seguir con el índice el recorrido de las palomas. Pero al mirar al cielo las gotas mojaron tu cara. Las palomas volaron a refugiarse. Te preguntas si serán las mismas, ¿cómo será el día de tu entierro? ¿quien cargara la caja hasta la tumba. Crees que tu vida seguirá transcurriendo igual a pesar de la metamorfosis en que incursionas: un camino a donde no llega la claridad que prometieron tus padres, sacerdotes, maestros. Hoy escuchas la misma música que entonces. Ya no confíes en el amor: esa covacha que se construye para guarecerse de la intemperie. Ni siquiera te habías dado cuenta que el lavabo se desborda. Quites el tapón de la coladera y vuelves a ver el remolino devorándote.

Sientes sed. Ayer mecías ilusiones a cada paso que dabas, ahora quieres extraer realidad de los ruidos de tus ataduras. Esa vez hiciste caso a los consejos. Veías un laberinto en sus palabras y te creíste engañada. Esta voz es la de aquella tarde dando vueltas a las palabras. Dijo que moría de ganas por acariciar tu sonrisa y beber tu agua. Te conformarías con que el teléfono sonara otra ves y dijera tener les mismas ganas. Aquella vez su imagen salió de la bocine como una burbuja. Su respiración se hizo mas agitada; su “o” pronunciada circularmente eran música que llenaba las entrañas de lumbre. Un prurito cosquilleaba la imagen de sus besos. Creíste que desearse era aprender el amor como niños. Decías pulsar su sexo al ritmo de tu canción. Más fuerte, más apretado. Bajaste le mano y sentiste sus palabras dentro de tu cuerpo y el miedo resonando en tus oídos. Cuando mas querías oírlo un”no” que se escapo de tu boca, comenzó a enfriar la humedad diciendo que colgares.

No acabas con tu sed. Piensas que esos bichos fastidiando alrededor de la luz sólo han de querer subir hasta el lugar que no han tenido. Blancura automática. Timbre automático sonando en mil frustraciones. Pero la tristeza se hizo compañera de la resignación y bailaban una danza que te distraía cuando te hiciste amente de caminar por las tardes buscando un lugar donde comer con poca luz y leves esperanzas de encontrarlo. La luna caminaba junto a ti, las hojas recorrían tus silencios y las gotas navegaban tus yugos de regreso a Casa.

Hoy divagas exprimiendo recuerdos al rededor de la luz. Giras al compás de las ganas. Quieres olvidarte de los otros para no reconocer el espejo. Sabes que estas parada bajo el sol y que le das vueltas, que en el punto de le tierra en done estés siempre caminas hacia abajo. El techo se cae y las paredes asfixian. La luna te mira y te de vergüenza. Das un trago interminable al chorro que sale por la llave. Miles de rostros se arremolinan en la cara de la luna que mueve los vidrios, las fracturas, las esquirlas. Su voz estallando en medio de la noche, en los deseos, en la ternura que rasgas clavándosete las mentiras; las que entren y salen de rojo sin cambiar nada. Ves como el río se lleva tus arrugas y ese rostro que no quieres ver, que maldices por el rencor que no puedes dejar salir. Quieres manchar tu vientre, tus senos, tus piernas, y liberarte de pagar esa sed que te muestren los pedazos de espejo. Sed automática. Luz automática. Blancura automática.